mirar hacia arriba
El otro día finalmente fui a la conferencia aquella sobre el proyecto ALMA. El tío estuvo hablando casi todo el tiempo sobre la importancia que tenía detectar moléculas en el espacio, como un medio de prenetar en las nebulosas de gas y polvo que vemos sólo por encima con los telescopios ópticos. Resulta que al colapsar esas nubes, en la génesis de estrellas y planetas, en el disco que se forma, existen como unos surcos que es donde se cree que se forman los planetas (de ahí el hueco) muy pequeños. Tan pequeño como 0.4 segundos de arco, y por tanto haría falta un telescopio de 14 km. de diámetro, que es precisamente lo que se quiere simular con el proyecto ALMA: 54 radiotelescopios en un altiplano de chile a 5.000 km de altura. La conferencia estuvo llena de imágenes fantásticas de nebulosas.
Y ayer vi un artículo en la revista “Astronomía” (nº 89) acerca de un tema completamente distinto. Una estrella llamada Alfa Arae que se halla a 300 años luz de la Tierra, de la clase de “estrellas Be”. Son muy lulimosas, supermasivas y calientes, y rotan muy rápidamente. Están perdiendo masa a lo largo de los polos por medio de un fuerte viento estelar (del orden de 2.000 km/s) y están rodeadas en el ecuador de un disco de materia. Alfa Arae tiene diez veces la masa del sol, es tres veces más caliente y seis mil veces más luminosa. Hace una rotación completa sobre sí misma en medio día, o sea 50 veces más rápidamente que nuestro sol. De hecho, con una velocidad en el ecuador de 470 km/s, gira tan rápidamente que se encuentra cerca de su velocidad de desintegración. La materia a esa velocidad tan crítica podría escaparse de la estrella, de la misma forma que nos expulsaría un tiovivo desbocado.
Y pensar que aquí en la Tierra las nebulosas no se ven si miras hacia arriba, y objetos celestes tan extraordinarios como Alfa Arae son sólo un puntito brillante, en el mejor de los casos.
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